La ceguera del Poder

Por: Héctor Méndez

En la política de la República Dominicana, como en muchos otros rincones del mundo, los gobernantes parecen perder la visión y el oído una vez ascienden al poder. No obstante, más que una enfermedad, esta “ceguera” parece una consecuencia inevitable de la ascensión al trono del Estado. En el proceso, no solo pierden la capacidad de ver lo que ocurre en las calles y oír el clamor de los ciudadanos, sino que también se tornan sordos, ciegos y, en el peor de los casos, mudos ante sus propias promesas.

En las campañas electorales, los candidatos resplandecen como figuras iluminadas, hablando de justicia, equidad, progreso y un futuro brillante para la nación o su demarcación en el caso de alcaldes, regidores y congresistas. Prometen un camino recto, una política transparente y, sobre todo, una cercanía con el pueblo. La “revolución” que prometen nunca parece estar en duda, y la retórica de cambio se enuncia con tal fervor que se convierte en una especie de pacto divino entre el político y sus electores. Sin embargo, una vez dentro del poder, algo inexplicable ocurre: la política se transforma en un juego de apariencias donde la promesa de cambiar la vida de los ciudadanos se disuelve, dejando espacio a un cinismo descarado.

Este fenómeno no es exclusivo de la política dominicana, pero en ella se encuentra particularmente acentuado. Los gobernantes y funcionarios se vuelven inmunes a la crítica, blindados por un sistema de poder que les otorga la capacidad de ignorar a su pueblo. Las calles, la gente, las protestas, las demandas: todo se convierte en ruido lejano. El gobernante, ante su altar de poder, se aleja del mundo real, aceptando en su lugar un espejismo creado por las olas de la adulación y el miedo.

En la República Dominicana, el poder parece tener la capacidad de transformar al hombre de Estado. Se olvida el origen, se olvida la promesa, y sobre todo, se olvida la promesa que le dio forma al liderazgo. El acto de gobernar, que originalmente debería estar orientado a la satisfacción del bien común, se convierte en un acto de perpetuación del yo político. La ciudadanía, que antes fue el motor de su ascenso, ahora se convierte en un conjunto abstracto, inofensivo y sin voz, con cuya existencia se puede convivir con total indiferencia.

Si de algo sirve la política, es para transformar realidades, para devolver el poder al pueblo, para dotar a cada individuo de una voz que exprese sus quejas y alegrías. Pero cuando el gobernante se vuelve ajeno a estas necesidades, se torna ciego ante las problematicas que siguen afectando a miles de dominicanos, sordo ante la creciente violencia y mudo ante las voces que claman por justicia, entre otras problematicas que se ven lejanas a resolver. Esta transformación moral, ética y política del poder es una de las grandes tragedias de los sistemas democráticos. Porque la política, como sabemos, es esencialmente un pacto de confianza.

En Santo Domingo Este, la democracia se ve corrompida cuando ese pacto se rompe. Los políticos electos, al obtener el poder, dejan de ser representantes de sus votantes, transformándose en figuras distantes, que operan con una lógica elitista que promueve intereses propios y de los círculos de poder a los que se les debe lealtad. Esta lealtad no está dirigida al pueblo que los eligió, sino a aquellos que los apoyan desde las sombras del sistema, lejos de la mirada pública, pero igualmente responsables de las decisiones y de los olvidos.

El silencio de las promesas incumplidas se escucha más fuerte que cualquier discurso televisado. La política se convierte en una mascarada donde los discursos se hacen eco de palabras vacías, pronunciamientos sin sustancia. La luz que una vez guiaba al político en su campaña electoral se apaga en el momento que pisa la silla presidencial, congresual o municipal, dejando en su lugar una sombra alargada que se extiende sobre un pueblo desilusionado.

Este fenómeno no es nuevo ni único, pero en su reiteración se convierte en una constante que marca a la República Dominicana. En un país donde el populismo y la promesa fácil han regido por generaciones, la ceguera del poder se ha vuelto casi un estándar, y cada nueva administración llega al poder con el mismo cuento, las mismas promesas y la misma falta de compromiso real.

La solución no es, como muchos pretenden, hacer que las promesas se cumplan de forma inmediata, sino en una reflexión profunda sobre la naturaleza misma del poder y su relación con el pueblo. Cuando los gobernantes se sienten ajenos a las realidades de su gente, cuando no se identifican con los sufrimientos y las alegrías del pueblo, entonces la democracia pierde su razón de ser. Los ciudadanos no deben esperar de sus líderes que sean infalibles, pero sí deben exigirles que mantengan un mínimo de humanidad, que no se transformen en figuras distantes, que no se cieguen ante las injusticias que los rodean.

La ceguera del poder, entonces, no es una condición inevitable, sino una decisión política. La política puede ser la fuerza transformadora de un país, pero solo cuando quienes la ejercen se mantienen comprometidos con su gente, con sus promesas y, sobre todo, con la verdad.